Hitler fue el líder de Alemania en la Segunda Guerra Mundial
y el principal causante de la misma. Desde su llegada al poder en 1933 su
estrategia política pasó por la invasión y anexión del resto de territorios
europeos desembocando en el conflicto bélico más grande que haya vivido la
humanidad.
El 12 de marzo de 1938, Hitler presionó a Austria para la
unificación con Alemania e hizo una entrada triunfal en Viena el 14 de marzo. A
ello le siguió la intensificación de la Crisis de los Sudetes, en la zona de
habla alemana de Checoslovaquia conocida como Sudetes. Esto condujo al Acuerdo
de Múnich de septiembre de 1938, donde sólo la URSS apoyó a Checoslovaquia,
mientras las potencias occidentales aceptaron la anexión y ocupación militar
inmediata de estos distritos por parte de Alemania.
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| Remarcado en negro, la zona de los Sudetes |
Como resultado de la
cumbre, la revista Time proclamó a Hitler como Hombre del Año de 1938. El
Primer Ministro Británico Neville Chamberlain saludó este acuerdo como “la paz
en nuestro tiempo”, pero al dar forma a las exigencias militares de Hitler,
Gran Bretaña y Francia abandonaron Checoslovaquia a su suerte. Hitler ordenó al
ejército alemán entrar en Praga el 15 de marzo de 1939, tomando el Castillo de
Praga y de Bohemia y proclamando un protectorado alemán en Moravia.
Tras ello, Hitler eleva quejas relativas a la Ciudad Libre
de Danzig y el “corredor polaco”, que fue cedida por Alemania en virtud del
Tratado de Versalles. Gran Bretaña no había llegado a un acuerdo con la URSS
para una alianza contra Alemania a pesar de la insistencia de Stalin, por lo
que, como respuesta ante la pasividad occidental, para asegurar sus fronteras,
la URSS establece un Pacto de No Agresión con Alemania (PactoRibbentrop-Molotov). El 1 de septiembre, Alemania invade Polonia. Después de
haber garantizado la asistencia a los polacos, Gran Bretaña y Francia
declararon la guerra a Alemania el 3 de septiembre, pero no actúan de
inmediato.
En abril de 1940, Hitler ordena a las fuerzas alemanas a
marchar sobre Dinamarca y Noruega. En mayo de 1940, ordena a sus fuerzas atacar
Francia, la conquista de los países del Benelux. Francia se rindió el 22 de
junio de 1940. Esta serie de victorias persuaden a Mussolini para unirse a la
guerra al lado de Hitler en mayo de 1940.
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| Benito Mussolini |
Gran Bretaña, que había logrado salvar a 330.000 soldados (belgas, franceses y británicos) en la Batalla de Dunkerque, continuó luchando junto a las fuerzas canadienses en la Batalla del Atlántico. Tras recibir numerosas negativas de paz del Gobierno británico (Hitler tenía la intención de atacar la URSS conjuntamente con los británicos), Hitler ordena bombardear la isla, dando lugar a la Batalla de Inglaterra. Los ataques comenzaron golpeando las bases de la Royal Army Force y la protección de las estaciones de radar en el sudeste de Inglaterra. Sin embargo, sin embargo la Luttwafe no derrota a la RAF. Ante este imprevisto, Hitler reaccionando ordenando el bombardeo de varias ciudades británicas, entre ellas Londres y Conventry, en su mayoría por la noche.
El 22 de junio del 41, aún sin doblegar a Inglaterra, Hitler
comienza la ofensiva contra la URSS enviando a tres millones de soldados
alemanes, rompiendo en Pacto de No Agresión Firmado dos años antes. Esta
invasión, llamada Operación Barbarroja, cuya duración se estimaba en unos pocos
meses, incautó grandes cantidades de territorio, incluidos los estados
bálticos, Bielorrusia y Ucrania. También rodearon y destruyeron muchas fuerzas
soviéticas.
Pero los alemanes, debido al retraso de cuatro meses en las
operaciones en Grecia y Yugoslavia, no consiguieron llegar a Moscú en diciembre
de 1941, en lo que también influyó la llegada anticipada del invierno ruso, con
temperaturas de hasta -50 grados (el más duro en 50 años), todo ello se unió a
la feroz resistencia soviética, reforzada con tropas siberianas del entonces
general Zhukov, especialmente adaptadas a las condiciones extremas. La invasión
no había logrado el triunfo rápido que Hitler quería.
Hitler firmó la declaración de guerra contra Estados Unidos
el 11 de septiembre del 41, cuatro días después del ataque del Imperio Japonés
a Pearl Harbor. Muchos historiadores consideran este paso un grave error
táctico y político, pues logró reunir así en su contra una coalición que
incluía el Imperio más grande del mundo (el Británico), el países más grande del
mundo industrial y financieramente (EE.UU) y el ejército más grande del mundo
(URSS).
A finales de 1942, las fuerzas alemanas fueron derrotadas en
El Alamein, frustrando los planes de Hitler para aprovechar el Canal de Suez y
Oriente Medio. En febrero de 1943, la titánica batalla de Stalingrado acabó con
el cerco y la destrucción del 6 Ejército Alemán, y capturando con vida por
primera vez en la historia a un Mariscal alemán (Von Paulus). Poco después
llegó la gigantesca batalla de Kursk (1.300.000 soviéticos, 3.600 tanques,
20.000 piezas de artillería y 2.400 aviones, frente a 900.000 alemanes, 2.700
tanques y 2.000 aviones).
Desde Stalingrado, el plan militar de Hitler se volvió cada
vez más errático, los rusos comenzaron a avanzar obligando a la retirada de
fuerzas alemanas extenuadas y la situación económica interna en Alemania se
deterioró.
Después de la invasión aliada de Italia, en 1943, el aliado
de Hitler, Mussolini, fue depuesto por Pietro Badoglio, que se rindió a los
Aliados. A lo largo de 1943 y 1944, la URSS constantemente forzó a los
ejércitos de Hitler a retroceder a lo largo del Frente Oriental. El 6 de junio
de 1944, los ejércitos occidentales aliados desembarcaron en el norte de
Francia en lo que fue la operación anfibia más grande jamás realizada, la
Operación Overlord.
En el ejército alemán, los más realistas sabían que la derrota
era inevitable, y algunos oficiales concibieron un plan para terminar con
Hitler y poner fin a la guerra. En julio de 1944, uno de ellos, el exoficial de
observación de artillería del Mariscal Rommel, Claus von Stauffenberg colocó
una bomba en el cuartel general de Hitler en Rastenburg, en la conocida como
Operación Valkiria, pero no tuvo éxito y la represión posterior fue feroz.
Este ordenó salvajes represalias, y una persecución
implacable por parte de las SS, lo que resultó en la ejecución de más de 4.900
personas, a veces por inanición en régimen de aislamiento seguido por
estrangulación lenta. El principal movimiento de resistencia fue destruido,
aunque pequeños grupos aislados siguieron funcionando. Sin embargo, el atentado
contra Hitler el 20 de julio de 1944 le dejó secuelas progresivas que
lentamente fueron afectando su raciocinio, desenvolvimiento y dominio de la
situación.
Hitler regresó por última vez a Berlín el 15 de enero de
1945, en un tren especial procedente de Ziegenberg, localidad cercana a Bad
Nauheim, donde desde su cuartel general conocido como “Adlershorst” o “Nido del
Águila” había dirigido desde el 11 de diciembre de 1944 la fracasada Batalla de
las Ardenas.
El 30 de enero, con motivo del duodécimo aniversario de su
ascenso al poder, dirigió por última vez unas palabras al pueblo alemán en un
discurso radiado que, pese al optimismo de Goebbels, permitió constatar que sus
palabras ya no conseguían levantar la moral de la población ante la evidencia
de lo desesperado de la situación, Ese mismo día Speer le comunicó que la
pérdida de la producción de la Alta Silesia significaba la total imposibilidad
de seguir manteniendo un mínimo suministro de armas y municiones al ejército, a
lo que Hitler se limitó a contestar que no le gustaba recibir informes
derrotistas y que mantuviera un completo secreto. Pocos días después, el 3 de
febrero, un devastador bombardeo diurno estadounidense, el más duro que había
sufrido Berlín hasta entonces, destruyó casi completamente la vieja Cancillería
del Reich y dañó gravemente el nuevo edificio de Speer, lo que obligó a Hitler
a vivir desde entonces permanentemente bajo tierra, en un búnker de dos plantas
situado bajo el jardín de la Cancillería en el que ya dormía desde su regreso.
El 12 de febrero el comunicado de la conferencia de Yalta,
que incluía las condiciones impuestas por los aliados a Alemania después de su
derrota, entre ellas la división del país, la prohibición del Partido Nazi y el
procesamiento de los criminales, no hizo sino reafirmar su postura de que
cualquier tipo de rendición estaba fuera de discusión. Sus esperanzas estaban
puestas en lo que consideraba inevitable en un momento u otro: la ruptura de
los aliados occidentales, británicos y estadounidenses, con los soviéticos. Al
día siguiente Hitler reaccionó con furia al enterarse del bombardeo de Dresde y
fue necesaria la insistencia de sus más allegados para convencerle de que sería
contraproducente su intención inicial de ejecutar a un prisionero por cada
civil muerto.
Los últimos meses de Hitler serían los de una rata escondida
en su madriguera, hasta que el 30 de abril decidió suicidarse, pidiendo que se
incinerase su cadáver “para evitar que acbase en el Museo de Cera de Moscú”.


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