domingo, 29 de noviembre de 2015

Adolf Hitler, los nazis y el Ejército Alemán

Hitler fue el líder de Alemania en la Segunda Guerra Mundial y el principal causante de la misma. Desde su llegada al poder en 1933 su estrategia política pasó por la invasión y anexión del resto de territorios europeos desembocando en el conflicto bélico más grande que haya vivido la humanidad.
El 12 de marzo de 1938, Hitler presionó a Austria para la unificación con Alemania e hizo una entrada triunfal en Viena el 14 de marzo. A ello le siguió la intensificación de la Crisis de los Sudetes, en la zona de habla alemana de Checoslovaquia conocida como Sudetes. Esto condujo al Acuerdo de Múnich de septiembre de 1938, donde sólo la URSS apoyó a Checoslovaquia, mientras las potencias occidentales aceptaron la anexión y ocupación militar inmediata de estos distritos por parte de Alemania. 

Remarcado en negro, la zona de los Sudetes

Como resultado de la cumbre, la revista Time proclamó a Hitler como Hombre del Año de 1938. El Primer Ministro Británico Neville Chamberlain saludó este acuerdo como “la paz en nuestro tiempo”, pero al dar forma a las exigencias militares de Hitler, Gran Bretaña y Francia abandonaron Checoslovaquia a su suerte. Hitler ordenó al ejército alemán entrar en Praga el 15 de marzo de 1939, tomando el Castillo de Praga y de Bohemia y proclamando un protectorado alemán en Moravia.

Tras ello, Hitler eleva quejas relativas a la Ciudad Libre de Danzig y el “corredor polaco”, que fue cedida por Alemania en virtud del Tratado de Versalles. Gran Bretaña no había llegado a un acuerdo con la URSS para una alianza contra Alemania a pesar de la insistencia de Stalin, por lo que, como respuesta ante la pasividad occidental, para asegurar sus fronteras, la URSS establece un Pacto de No Agresión con Alemania (PactoRibbentrop-Molotov). El 1 de septiembre, Alemania invade Polonia. Después de haber garantizado la asistencia a los polacos, Gran Bretaña y Francia declararon la guerra a Alemania el 3 de septiembre, pero no actúan de inmediato.

En abril de 1940, Hitler ordena a las fuerzas alemanas a marchar sobre Dinamarca y Noruega. En mayo de 1940, ordena a sus fuerzas atacar Francia, la conquista de los países del Benelux. Francia se rindió el 22 de junio de 1940. Esta serie de victorias persuaden a Mussolini para unirse a la guerra al lado de Hitler en mayo de 1940.

Benito Mussolini

Gran Bretaña, que había logrado salvar a 330.000 soldados (belgas, franceses y británicos) en la Batalla de Dunkerque, continuó luchando junto a las fuerzas canadienses en la Batalla del Atlántico. Tras recibir numerosas negativas de paz del Gobierno británico (Hitler tenía la intención de atacar la URSS conjuntamente con los británicos), Hitler ordena bombardear la isla, dando lugar a la Batalla de Inglaterra. Los ataques comenzaron golpeando las bases de la Royal Army Force y la protección de las estaciones de radar en el sudeste de Inglaterra. Sin embargo, sin embargo la Luttwafe no derrota a la RAF. Ante este imprevisto, Hitler reaccionando ordenando el bombardeo de varias ciudades británicas, entre ellas Londres y Conventry, en su mayoría por la noche.

El 22 de junio del 41, aún sin doblegar a Inglaterra, Hitler comienza la ofensiva contra la URSS enviando a tres millones de soldados alemanes, rompiendo en Pacto de No Agresión Firmado dos años antes. Esta invasión, llamada Operación Barbarroja, cuya duración se estimaba en unos pocos meses, incautó grandes cantidades de territorio, incluidos los estados bálticos, Bielorrusia y Ucrania. También rodearon y destruyeron muchas fuerzas soviéticas.

Pero los alemanes, debido al retraso de cuatro meses en las operaciones en Grecia y Yugoslavia, no consiguieron llegar a Moscú en diciembre de 1941, en lo que también influyó la llegada anticipada del invierno ruso, con temperaturas de hasta -50 grados (el más duro en 50 años), todo ello se unió a la feroz resistencia soviética, reforzada con tropas siberianas del entonces general Zhukov, especialmente adaptadas a las condiciones extremas. La invasión no había logrado el triunfo rápido que Hitler quería.

Hitler firmó la declaración de guerra contra Estados Unidos el 11 de septiembre del 41, cuatro días después del ataque del Imperio Japonés a Pearl Harbor. Muchos historiadores consideran este paso un grave error táctico y político, pues logró reunir así en su contra una coalición que incluía el Imperio más grande del mundo (el Británico), el países más grande del mundo industrial y financieramente (EE.UU) y el ejército más grande del mundo (URSS).

A finales de 1942, las fuerzas alemanas fueron derrotadas en El Alamein, frustrando los planes de Hitler para aprovechar el Canal de Suez y Oriente Medio. En febrero de 1943, la titánica batalla de Stalingrado acabó con el cerco y la destrucción del 6 Ejército Alemán, y capturando con vida por primera vez en la historia a un Mariscal alemán (Von Paulus). Poco después llegó la gigantesca batalla de Kursk (1.300.000 soviéticos, 3.600 tanques, 20.000 piezas de artillería y 2.400 aviones, frente a 900.000 alemanes, 2.700 tanques y 2.000 aviones).



Desde Stalingrado, el plan militar de Hitler se volvió cada vez más errático, los rusos comenzaron a avanzar obligando a la retirada de fuerzas alemanas extenuadas y la situación económica interna en Alemania se deterioró.

Después de la invasión aliada de Italia, en 1943, el aliado de Hitler, Mussolini, fue depuesto por Pietro Badoglio, que se rindió a los Aliados. A lo largo de 1943 y 1944, la URSS constantemente forzó a los ejércitos de Hitler a retroceder a lo largo del Frente Oriental. El 6 de junio de 1944, los ejércitos occidentales aliados desembarcaron en el norte de Francia en lo que fue la operación anfibia más grande jamás realizada, la Operación Overlord.



En el ejército alemán, los más realistas sabían que la derrota era inevitable, y algunos oficiales concibieron un plan para terminar con Hitler y poner fin a la guerra. En julio de 1944, uno de ellos, el exoficial de observación de artillería del Mariscal Rommel, Claus von Stauffenberg colocó una bomba en el cuartel general de Hitler en Rastenburg, en la conocida como Operación Valkiria, pero no tuvo éxito y la represión posterior fue feroz.

Este ordenó salvajes represalias, y una persecución implacable por parte de las SS, lo que resultó en la ejecución de más de 4.900 personas, a veces por inanición en régimen de aislamiento seguido por estrangulación lenta. El principal movimiento de resistencia fue destruido, aunque pequeños grupos aislados siguieron funcionando. Sin embargo, el atentado contra Hitler el 20 de julio de 1944 le dejó secuelas progresivas que lentamente fueron afectando su raciocinio, desenvolvimiento y dominio de la situación.

Hitler regresó por última vez a Berlín el 15 de enero de 1945, en un tren especial procedente de Ziegenberg, localidad cercana a Bad Nauheim, donde desde su cuartel general conocido como “Adlershorst” o “Nido del Águila” había dirigido desde el 11 de diciembre de 1944 la fracasada Batalla de las Ardenas.

El 30 de enero, con motivo del duodécimo aniversario de su ascenso al poder, dirigió por última vez unas palabras al pueblo alemán en un discurso radiado que, pese al optimismo de Goebbels, permitió constatar que sus palabras ya no conseguían levantar la moral de la población ante la evidencia de lo desesperado de la situación, Ese mismo día Speer le comunicó que la pérdida de la producción de la Alta Silesia significaba la total imposibilidad de seguir manteniendo un mínimo suministro de armas y municiones al ejército, a lo que Hitler se limitó a contestar que no le gustaba recibir informes derrotistas y que mantuviera un completo secreto. Pocos días después, el 3 de febrero, un devastador bombardeo diurno estadounidense, el más duro que había sufrido Berlín hasta entonces, destruyó casi completamente la vieja Cancillería del Reich y dañó gravemente el nuevo edificio de Speer, lo que obligó a Hitler a vivir desde entonces permanentemente bajo tierra, en un búnker de dos plantas situado bajo el jardín de la Cancillería en el que ya dormía desde su regreso.

El 12 de febrero el comunicado de la conferencia de Yalta, que incluía las condiciones impuestas por los aliados a Alemania después de su derrota, entre ellas la división del país, la prohibición del Partido Nazi y el procesamiento de los criminales, no hizo sino reafirmar su postura de que cualquier tipo de rendición estaba fuera de discusión. Sus esperanzas estaban puestas en lo que consideraba inevitable en un momento u otro: la ruptura de los aliados occidentales, británicos y estadounidenses, con los soviéticos. Al día siguiente Hitler reaccionó con furia al enterarse del bombardeo de Dresde y fue necesaria la insistencia de sus más allegados para convencerle de que sería contraproducente su intención inicial de ejecutar a un prisionero por cada civil muerto.


Los últimos meses de Hitler serían los de una rata escondida en su madriguera, hasta que el 30 de abril decidió suicidarse, pidiendo que se incinerase su cadáver “para evitar que acbase en el Museo de Cera de Moscú”.

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